sábado, 16 de noviembre de 2013

El color de la acción

El 14 de noviembre de 1960, en el Estado de Nueva Orleans-Estados Unidos, dos mujeres -una niña negra de seis años y una maestra blanca- protagonizaron un episodio insoslayable en la Historia de los Derechos Humanos, específicamente en el área de la Educación. 

Quizás ninguna de ellas tuvo puntual conciencia de lo significativo de sus actos, convergentes en una acción tan intensa que desmoronó las barreras ideológicas impuestas, en definitiva, por el miedo a lo diferente y al diferente, al Otro, ese miedo que aún hoy goza de tan buena salud en el mundo.


Para Ruby Bridges (a la derecha), enfrentar el rechazo de sus nuevos compañeros, el de la mayoría de los docentes y el de la comunidad en general, fue, sin duda, una experiencia ambigua: demoledora y fortificante. El costo de la inclusión siempre termina siendo asumido por el más débil.

Para Bárbara Henry, maestra proviniente del norte, tampoco fue promisorio el hecho, pero como adulta sana y centrada en su vocación, lo resolvió con una naturalidad envidiable y se dedicó, durante todo el año, al singular motivo que la había atraído hasta aquel lugar.

Así que, ambas se dispusieron a "aprender". O sea, a amar...

Gracias, Mujeres, por el color del coraje...


jueves, 14 de noviembre de 2013

Ojalá todos/as tengamos orejas verdes algún día...



Un señor maduro con una oreja verde


Un día, en el expreso Soria-Monteverde,
vi subir a un hombre con una oreja verde.

Ya joven no era, sino maduro parecía,
salvo la oreja, que verde seguía.

Me cambié de sitio para estar a su lado
y observar el fenómeno bien mirado.

Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad;
dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?

Me contestó amablemente: Yo ya soy persona vieja,
pues de joven solo tengo esta oreja.

Es una oreja de niño que me sirve para oír
cosas que los adultos nunca se paran a sentir:

oigo lo que los árboles dicen, lo que los pájaros cantan,
las piedras, los ríos y las nubes que pasan.

Así habló el señor de la oreja verde
aquel día, en el expreso Soria-Monteverde.


Gianni Rodari
Pedagogo y docente italiano


Iniciarnos en ese proceso de "recuperación" de la oreja verde perdida, no es tan difícil. Puede (y debería) comenzar en el hogar porque la realidad por la que estamos atravesando actualmente nos indica que los adultos somos los responsables directos de todo este caos.

En la práctica docente diaria ésa es una constatación irrefutable y centuplicada; una verificación dolorosa, desquiciante y plausible de una cuasi-generalización a esta altura: los padres no escuchan ni sienten a sus hijos; los maestros no escuchan ni sienten a sus alumnos; las autoridades no escuchan ni sienten a los niños ni a los jóvenes...

Pero también es posible dar un imperioso salto cualitativo y atrevernos a escuchar a "los otros", a "los nadies" como dice Galeano, a quienes olímpicamente hemos encerrado y acallado, sin habernos hecho cargo, en verdad, de la cuota que nos corresponde por haber ignorado o evadido el condicionamiento al que obviamente están sometidos. 

Para ese salto, ni paracaídas ni trampolines. Es un acto mucho menos riesgoso e intensamente significativo el que les propongo. 
Los invito a ingresar a berroalaire.blogspot.com
Escuchar es una actitud elemental para comunicarnos. Comunicarnos no significa coincidir; significa entender el qué, el cómo, el cuándo, el por qué y el para qué del otro; significa, en consecuencia, también, entenderme a mí mismo/a; significa entender el mundo. 


miércoles, 13 de noviembre de 2013

El lugar donde el dolor puede ser útil


En raras ocasiones una biografía pasa por un momento que condensa el destino. Durante cincuenta y nueve años Fiódor Mijailovich Dostoievski vivió con una intensidad que podría haber hecho interesantes tres o cuatro vidas. Sin embargo, hubo un día en el que todo se definió de otra manera.

El 22 de diciembre de 1849 se abrió la puerta de su celda en la prisión de Pedro y Pablo. El escritor tenía entonces veintiocho años y había sido arrestado por pertenecer al Círculo de Petrashevski (así llamado por las tertulias disidentes que se celebraban en casa de Mijail Petrashevski, intelectual de San Petersburgo que admiraba el socialismo utópico de Charles Fourier). Esa mañana el novelista encararía su principal rito de paso.

Su presencia en la cárcel se explicaba más por la política represiva del Zar que por el carácter del prisionero. Dostoievski no era de los miembros más activos del grupo. Solía guardar largos silencios en las reuniones; detestaba los exabruptos radicales y las ofensas a los evangelios y a la figura de Cristo.

Había llegado ahí movido por su sed de justicia. Tres años antes, su primera novela, Pobre gente, lo encumbró como heraldo de quienes sufrían en las oscuras barriadas de San Petersburgo.

Nada le impresionaba tanto como la condición inhumana en que vivían los siervos.

Dostoievski estaba convencido de que la mejoría de Rusia pasaba por la emancipación de los siervos. Esta certeza, más cercana a una actitud humanitaria que a una ideología política, lo llevó al Círculo de Petrashevski.

Cuando por fin descubrieron que los vigilaban, los aprendices de disidentes reaccionaron de la peor manera, con reuniones secretas que los volvieron más sospechosos. El arresto estaba a la vista.

El 23 de abril de 1849, día de san Jorge, Fiódor y su hermano Mijail, editor y escritor ocasional, fueron detenidos con otros miembros del Círculo. El hermano mayor quedó en libertad. A Fiódor se le atribuyó una peligrosidad más conspicua por “escribir contra el gobierno”.

Aunque la cárcel de Pedro y Pablo era uno de los máximos símbolos del autoritarismo y los presos carecían incluso del derecho a la oscuridad (incesantes lámparas de aceite alumbraban las celdas), Dostoievski le confesaría a su segunda esposa que el arresto lo salvó de la locura. No hubiera soportado seguir en la zozobra de los conspiradores que años después iba a retratar en Los endemoniados.

Cautivo en la prisión de Pedro y Pablo, concibe el relato “El pequeño héroe”, que también trata de verdades avistadas a medias. Un niño sirve de mensajero a los adultos sin comprender sus genuinas intenciones. La historia remite a la propia infancia de Dostoievski, donde los niños no tenían derecho de palabra y los dramas se silenciaban.

La cárcel no representó un tormento mayor para el novelista que en los años de 1848 y 1849 vivía asaltado por temores y vacilaciones. Para alguien acostumbrado a someterse a los desafíos de la libertad y a pagar el peaje de esa búsqueda, la falta de alternativas significó un descanso forzoso.

El 22 de diciembre le deparó una prueba más ardua. La puerta de su celda se abrió a hora imprevista y fue llevado a un patio, con otros veinte detenidos del Círculo de Petrashevski. La temperatura era de veintiún grados bajo cero.

Los presos fueron conducidos a una plaza, donde serían fusilados.

Un pope de la Iglesia ortodoxa llegó a confesarlos y recitó una frase de san Pablo con olor a sentencia penal: “El rescate del pecado es la muerte”.

Dostoievski se negó a hablar con el sacerdote. No quería morir como un pecador. Era una víctima. Sólo uno de sus compañeros aceptó confesarse.

En su biografía de Dostoievski, André Levison repara en un hecho curioso: el sacerdote no llevaba los santos sacramentos; por lo tanto, no estaba en condiciones de ofrecer la comunión. Este detalle sugería que algo anómalo estaba pasando, pero la angustia impidió a las víctimas recordar las minucias del ritual cristiano. Dostoiveski se acercó a un amigo y le contó la trama de “El pequeño héroe”. Ante la proximidad de la muerte, decidió narrar una última historia. Ésa fue su confesión.

El fusilamiento estaba planeado del siguiente modo: los prisioneros morirían de tres en tres. Las primeras tres fosas ya habían sido cavadas y los condenados del primer turno tenían capuchas en la cabeza. Dostoievski era el sexto de la lista; pertenecía al siguiente turno.

¿Qué pasó por la mente del escritor? A lo lejos, avistó el brillo de un campanario. La escena regresaría con insólita fuerza en la novela El príncipe idiota. Vale la pena recuperar este pasaje esencial en la vida de Dostoievski:

Un cura iba presentándoles a todos, sucesivamente, la cruz. Llegó el momento en que sólo le quedaban cinco minutos de vida. Contaba él que esos cinco minutos le habían parecido un espacio de tiempo infinito, una riqueza enorme; parecíale que en aquellos cinco minutos había gastado tal cantidad de vida que ni siquiera pensaba en su último momento […] Después de haberse despedido de sus camaradas, encontróse dueño de aquellos dos minutos que había destinado a pensar en sus cosas; sabía de antemano en qué habría de pensar; toda su ansia consistía en imaginarse, con la mayor rapidez y claridad posibles, cómo habría de ser aquello: que él, en aquel instante, existiese y viviese y, al cabo de tres minutos, hubiese de ser ya otra cosa, alguien o algo distinto […] No lejos de allí había una iglesia, y la dorada cúpula refulgía bajo el sol brillante. Recordaba haberse quedado mirando con perplejidad aquella cúpula y los rayos de sol que en ella centelleaban; no podía apartar los ojos de aquellos rayos de sol: le parecían una nueva naturaleza. Dentro de tres minutos se fundiría con ellos […] ¿Y si no tuviese que morir? ¿Y si volviese a la vida? ¡Qué eternidad! […] Convertiría cada minuto en un siglo, no perdería nada, a cada minuto le pediría la cuenta, no gastaría ni uno solo en vano.

En ese momento llegó un correo del Zar, con un indulto. Todo había sido un simulacro para escarmentar a los sediciosos y propagar la benevolencia del monarca. Dostoievski regresó exultante a la cárcel. El mundo que había estado a punto de dejar y que le deparó un último resplandor dorado le permitía una segunda vida: “A cada minuto le pediré la cuenta”.

Ya en su celda, cantó de alegría hasta el amanecer. El futuro no era halagüeño. Lo aguardaban siete años en Siberia, cuatro de ellos en prisión y tres en arresto domiciliario. Pero nada se comparaba a seguir con vida. La iluminación que tuvo en el patíbulo le permitió entender la felicidad a partir de aquello que se le opone. No es un espacio libre del dolor, sino el lugar donde el dolor puede ser útil.

Casi una década después, regresaría como un paria a San Petersburgo, pero nada de eso importaba. Había muerto, y viviría para contarlo.

Toda definición de Dostoievski reclama términos contradictorios. Uno de sus ejes es la piedad combativa. La ética se presenta para él como un convulso campo de lucha. Aunque describió a iluminados, tontos sagrados y beatos inocentes, sus personajes más profundos entienden la bondad como un problema. No se trata de una condición inmanente sino de algo que se conquista con esfuerzo y sacrificio. El principal adversario de quien busca el bien es él mismo.

En ocasiones, los seres tocados por la abyección, el lodo y la caída, los que han descendido a los infiernos son los que más ayudan: reconoce mejor el cielo quien conoce el abismo.

Como san Agustín y Rousseau en sus Confesiones, numerosos héroes dostoievskianos extraen su fuerza moral de los pecados que supieron cometer y repudiar.

El simulacro de fusilamiento transformó al novelista, no porque ahí acabaran sus tribulaciones, sino por que pudo valorarlas de otro modo. Ni antes ni después de aquel 22 de diciembre conoció el bienestar o el sosiego.

Como quiera que sea, no se quejó gran cosa de su destino. Haber “muerto” durante unos minutos lo llevó a un pacto peculiar: el sufrimiento como problema, la escritura como solución.

El 28 de enero de 1881, treinta mil estudiantes siguieron su cortejo fúnebre. Algunas biografías mencionan que, detrás del féretro, unos dolientes cargaban sus grilletes de prisionero. Zweig prefiere consignar el hecho como un rumor. En todo caso, la metáfora es perfecta: Fiódor Mijailovich Dostoievski, reo del dolor y el éxtasis, alcanzó la libertad.


Fragmentos de: Dostoievski-El aprendizaje del  éxtasis de Juan Villoro

En: Revista de la Universidad de Méjico

11 de noviembre de 1821

En esta fortaleza de "San Pedro y San Pablo"
estuvo recluido en primera instancia el autor.

I

La casa muerta


Nuestro presidio estaba situado en un ángulo de la ciudadela; detrás de los baluartes. Si se mira por los intersticios de la empalizada con la esperanza de ver algo, no se divisa otra
cosa que un jirón de cielo y otro baluarte de tierra cubierto de altas hierbas de la estepa. De día y de noche, constantemente, lo recorren en todas direcciones los vigilantes y centinelas.
Se piensa entonces en que transcurrirán así años y años, mirando siempre por la misma hendidura y viendo el mismo baluarte, los mismos centinelas y el mismo jirón de cielo, no del que se extiende sobre el presidio, sino de otro cielo lejano y libre.
Figúrense un gran patio de doscientos pasos de largo por ciento cincuenta de ancho, rodeado de una empalizada hexagonal, irregular, construida con vigas profundamente enclavadas, que forman, por decir así, la muralla exterior de la fortaleza. En un lado de la empalizada, hay una puerta sólida, vigilada constantemente por un cuerpo de guardia, que sólo se abre para dejar paso a los presidiarios que van al trabajo. Tras de aquella puerta se encuentran la luz y la libertad: allí vive la gente libre.
Dentro de la empalizada no pensaba en aquel mundo que para el condenado tiene algo de maravilloso y fantástico como cuento de hadas; no era así el nuestro, excepcionalísimo, que no se parecía a ningún otro. Aquí, los usos, las costumbres y las leyes especiales que nos rigen, son excepcionales, únicas. Es el presidio una casa muerta-viva, una vida sin objeto, hombres sin iguales.
Este es el mundo que me propongo describir.
Cuando se penetra en el recinto, se ven en seguida algunas construcciones de madera, toscamente hechas con tablones sin desbastar y de un solo piso, que rodean un patio vastísimo: son los departamentos de los condenados, que viven allí divididos en varias categorías. En el fondo se ve otro edificio: la cocina, dividida en dos piezas. Más allá aún existe otra dependencia que sirve a la vez de cantina, de granero y de cobertizo.
El centro del recinto forma una plaza bastante amplia: Aquí es donde se reúnen los penados. Se pasa lista tres veces al día: por la mañana, a mediodía y por la noche, y aún más si los soldados de guardia son desconfiados y se les ocurre contar el número.
En derredor, entre la empalizada y las dependencias del presidio, queda un espacio muy ancho donde los detenidos misántropos y de carácter cerrado gustan de pasear, cuando no se trabaja, entregados a sus pensamientos favoritos, lejos de toda mirada indiscreta.
Cuando les encontraba en estos paseos, complacíame en observar sus rostros tristes y sombríos, tratando de adivinar sus pensamientos.
Uno de los penados se entretenía contando invariablemente las estacas de la empalizada. Había mil quinientas y podía decir a ojos cerrados el lugar que ocupaba cada una.
Cada estaca representaba para él un día de reclusión: descontaba diariamente una, y así sabía de una manera exacta los días que le quedaban todavía de encierro.
Se consideraba dichoso cuando acababa uno de los lados del hexágono, sin parar mientes el desventurado en que habían de transcurrir muchos años hasta el día en que le pusieran en libertad. ¡Pero en el presidio se aprende a tener paciencia!
Cierto día vi a un recluso que, habiendo cumplido su condena, se despedía de sus camaradas. Había sido condenado a veinte años de trabajos forzados y no se le rebajó ni un solo día. Alguno habíale visto llegar joven, despreocupado, sin pensar en su delito ni en el castigo; mas ahora era un viejo de cabellos grises y de rostro triste y pensativo. Recorrió silenciosamente las seis cuadras: rezaba primero ante la imagen santa y se inclinaba luego profundamente ante sus camaradas, rogándoles que conservasen buena memoria de él.
Recuerdo también que una tarde fue llamado al locutorio uno de los presos, un labrador siberiano bastante acomodado. Seis meses antes había recibido la noticia de que su mujer se había vuelto a casar, y fácil es suponer el dolor que esto le causara. Aquella tarde, su ex esposa había ido a visitarle para entregarle una limosna. Permanecieron juntos unos instantes, lloraron entrambos y se separaron para siempre... Observé la extraña expresión del rostro de aquel preso cuando volvió a la cuadra…
¡Ah, se aprende allí a soportarlo todo!
Al iniciarse el crepúsculo, se nos obligaba a retiramos a nuestras cuadras respectivas, donde permanecíamos encerrados toda la noche. ¡Cuán penoso me resultaba abandonar el patio! Era la cuadra una sala larga, baja de techo, sofocante, débilmente alumbrada por algunas velas de sebo, en la que se respiraba un aire pesado, nausea-bundo. No comprendo cómo pude pasar diez años en aquel lugar pestilente, en el que languidecíamos treinta hombres. En invierno, especialmente, nos encerraban muy temprano y era preciso esperar cuatro horas hasta que tocasen a silencio y durmiese cada cual, y era aquello un tumulto continuo, una batalla de gritos, de blasfemias, de risotadas, de arrastrar de cadenas; un ambiente infecto, un humo espeso, una confusión de cabezas peladas al rape, de frentes ostentando el denigrante estigma, de infelices harapientos, sórdidos, repugnantes. ¡Sí, el hombre es un animal indestructible! Se podría también definir diciendo que es un animal que se acostumbra a todo, y tal vez sería ésta la definición más adecuada que se haya dado hasta hoy.
La población de aquel penal ascendía a doscientos cincuenta presos. Este número era casi invariable, pues los nuevos condenados substituían bien pronto a los que eran puestos en libertad y a los que morían.

Fragmento de: Memorias de la Casa Muerta o Memorias de la Casa de los Muertos.
Los invitamos a continuar su lectura; varios sitios generosos la ofrecen para descargar en forma gratuita.  

“Sí, denostado, degradado… ¡el hombre sobrevive! 
El hombre es un ser que se acostumbra a todo; 
ésa es, pienso, su mejor definición”
Memorias de la Casa de los Muertos

lunes, 11 de noviembre de 2013

“Sólo los cobardes son valientes con sus mujeres”- Martín Fierro

10 de noviembre de 1834

¡Cómo acuña la Literatura el rastro del comportamiento humano!

Y así, como sonseando, nos arrima esas frases, esos versos que se enseñorean de las realidades. ¿O es al revés y la realidad se acomoda sin pestañear como una reinita voluminosa y mucho más cruel que la más elaborada ficción?

En estas cuestiones, dicen los eruditos que el/la  lector/a  tiene la última palabra. Así que se la concedemos, estimado/a.
Juzgue usted después de leer la siguiente noticia. 

Para animarlo/a, sepa que, prácticamente, tiene ante sus ojos una primicia, ya que la mayoría de los medios la han acallado. ¿Qué median, entonces, los medios? ¿Cómo median?

En reiteración real

Institución Nacional de Derechos Humanos presentó denuncia penal por golpiza policial a una joven de Santa Catalina.

Lorena Fagúndez tiene 20 años. Era amiga de Sergio Lemos, el joven asesinado por un policía en el barrio Santa Catalina el lunes 4. Como otros jóvenes y vecinos del barrio, ese lunes fue hasta el Centro de Salud del Cerro a reclamar información sobre Lemos. Al llegar no sabían si el joven estaba vivo o muerto; cuando se enteraron de que había fallecido, exigieron que les mostraran a los padres su cuerpo.

Según relataron a La Diaria varias personas que estuvieron presentes allí ese día, en el lugar había varios patrulleros, una camioneta de la Guardia Republicana y dos autos de policías de Investigaciones de la Seccional 19ª vestidos de particular. Se formó un cordón policial para impedir el ingreso al centro de salud. En determinado momento, una mujer que los vecinos no conocían rompió un vidrio del policlínico. Esto determinó que la Guardia Republicana y los oficiales actuaran y empezaran a golpear a varios de los jóvenes que estaban en el lugar.
Un policía vestido de particular, que los presentes identifican como perteneciente a Investigaciones de la Seccional 19ª, le pegó un puñetazo a Lorena en el ojo. Cuando caía, otro policía le pegó un palazo que le abrió la nuca. Cayó desmayada, y tres policías siguieron golpeándola en el piso. La esposaron y querían llevarla a la comisaría, mientras otros jóvenes intentaban impedirlo. Una mujer embarazada agarró de los tobillos a Lorena para impedir que se la llevaran, y les avisó a los policías que estaba embarazada. “Mejor, un pichi menos”, comentaron los funcionarios. “Llevá a esta perra al calabozo”, comentó otro.
En ese momento intervino una doctora del centro de salud y les reclamó a los policías que la dejaran, que Lorena no había hecho nada. Los policías le dijeron que la joven estaba detenida. La doctora continuó exigiendo que le sacaran las esposas y la dejaran allí, para que pudiera curarla. “Ahora es mi paciente”, les remarcó a los oficiales. “Si no se la sacaban, la mataban ahí en el suelo”, aseguró una mujer que presenció el hecho.
En el Centro le cosieron la nuca y la atendieron por el traumatismo en el ojo; luego la joven fue atendida en el Hospital Maciel. Pese a que los policías habían afirmado que estaba detenida, en ningún momento intentaron localizarla luego para proceder a su detención.

Los jóvenes que concurrieron al centro de salud no tenían armas, no arrojaron piedras ni atacaron de ningún modo a los policías, según relataron los presentes. Investigaciones de la Seccional 19ª también fue protagonista de los abusos policiales a jóvenes en el mismo barrio a principios de setiembre. Un policía de la Guardia Republicana fue el que asesinó a Sergio Lemos el lunes.

El viernes, la familia y vecinos de Lorena presentaron la denuncia ante la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH), con el apoyo de Ielsur. Lorena Fagúndez tiene un traumatismo en el rostro, varios golpes en la cabeza y un tajo en la nuca. Hasta hoy sufre mareos y dolores de cabeza. El mismo viernes, autoridades de la INDDHH se presentaron ante el Juzgado Penal de 14º Turno, a cargo de la jueza María Helena Mainard -la misma que falló en el caso de Sergio Lemos-, y presentaron una denuncia. El escrito está firmado por la presidenta de la INDDHH, Mariana González Guyer, y por la ex fiscal Mirtha Guianze, también integrante de la institución, según confirmaron ambas jerarcas a la diaria. “Intentamos facilitar que la gente tenga acceso a la Justicia”, explicó Guianze. A Lorena la vio el forense y también la jueza que estudiará el caso.

El viernes, la INDDHH se comunicó con el Ministerio del Interior (MI) para informarle que formularía la denuncia. Fernando Gil, director de la Unidad de Comunicación de la cartera, dijo a la Diaria que todavía no manejan una versión de la Policía de lo que pasó el lunes en el Cerro. Consultado respecto de si se instruirá una investigación interna, respondió que esta semana se tomará una decisión al respecto.

Otros seis jóvenes que recibieron golpes ese día se presentarán probablemente hoy ante la INDDH
para concretar la denuncia. Los agredidos no concurren a la Justicia ni a la Policía por desconfianza y miedo, y optan por acudir a las organizaciones de derechos humanos. “Hay algunos gurises que tienen miedo a represalias”, admitió un vecino. La presidenta de la INDDHH informó que todavía no recibieron una respuesta por escrito del MI sobre lo acontecido en Santa Catalina, aunque algunas preguntas ya fueron respondidas públicamente. Con estos elementos y las nuevas denuncias, la institución “seguramente” formulará recomendaciones, señaló González Guyer.

Natalia Uval
La Diaria
Política 11.11.13



De: El Muerto ||| videoblog de información alternativa





domingo, 10 de noviembre de 2013

Será cliché pero sigue vigente en el mundo

El 2 de noviembre de este año publicábamos la denuncia reciente de uno de los protagonistas de la película "Desde adentro" en la entrada titulada "En primera persona".

El siguiente artículo data del 2008 y procede de una publicación argentina:


"La cárcel es un sistema perverso y la resocialización sólo es una farsa"


“La tan mentada resocialización no es más que una mascarada y una farsa”. La frase parece extraída de un manual de criminología, pero quien la dice es Ricardo Albertengo, un preso de 43 años que sobre la reincidencia puede hablar en primera persona. Su nombre ganó una breve celebridad en 2009, cuando improvisó una toma de rehenes al fracasar un asalto en una clínica de cirugía estética de Oroño al 700. Lo hizo durante salidas transitorias de la cárcel, donde cumplía pena por un golpe fallido de 17 años atrás.

Albertengo está preso desde muy joven y recorrió todos los penales de    la provincia. En abril de 1994 ya había pagado una condena en Coronda cuando protagonizó una toma rehenes en un bar del centro, donde un cliente de 25 años murió de un disparo en medio de la negociación. Lo condenaron a perpetua y luego le rebajaron la pena.

Mientras pagaba por aquella muerte en la Unidad 3, de Riccheri y Zeballos, estudió en un instituto terciario de preparación física. En salidas especiales de prisión trabajó en esa escuela como instructor y fue asistente en un gimnasio del centro. En octubre de 2009 se produjo su sonora caída en el asalto a la clínica y desde entonces está en la cárcel de Piñero, en un pabellón de conducta con 40 internos.

“El sistema penitenciario es perverso. Es sacar a alguien de la sociedad y colocarlo en un sistema donde, teóricamente, va a ser contenido para volver. Pero los mecanismos para rehabilitar no funcionan”, plantea Albertengo. Que lo diga él, dos veces reincidente, no es menor. En julio pasado le dieron 17 años de cárcel en un juicio abreviado por el asalto de bulevar Oroño y otros seis a centros médicos (ver página 41). Esa pena, sumada a la anterior, quedó definida en 37 años de encierro.

Marcas. El hombre que le puso su sello a una serie de robos a consultorios —trataba a las víctimas con respeto, se quedaba a conversar y hasta les cebaba mates— es de estatura media, tiene el pelo corto y un rostro de rasgos definidos que preserva de las fotos. Una cruz tatuada en el antebrazo derecho y un puñal con una calavera en la hoja, en el izquierdo, son marcas que trae del afuera.

Recuerdos de sus inicios en el delito a los 18 años y que hoy, dice, quisiera borrar de su piel: “No me gustan. Fuera de acá no uso mangas cortas”. Casualidad o no, la remera gris con la que llega a la entrevista en una oficina del área administrativa de Piñero reza “keep them free” (libérenlos), inscripción sugerente para quien le esperan unos 20 años entre rejas.

Chances de apelar no tiene. Tampoco de salir en forma anticipada, por    ser reincidente. Se asume como un ladrón que, dentro de esa ilegalidad, define sus límites: “No maltrato a la gente”. Sabe que no despertará simpatías, pero pide ser considerado “como un humano y no como un monstruo”.
Habla despacio Albertengo y medita cada idea en pausas dignas de quien no corre contra el tiempo. En su reflexión invita a mirar el campo del delito y el sistema penal con matices. El es un engranaje más de esa rueda y esto tiene para decir.

—¿Por qué quiso esta entrevista?—

Porque creo que nunca fue tan injusta la Justicia. Me pregunto qué relación hay entre mi condena —de casi 40 años por hechos de robo en los que no lastimé a nadie, simples delitos contra la propiedad— y las penas por delitos que no prescriben nunca y son de lesa humanidad. Advierto que tienen un tope máximo de 25 a 30 años de prisión. Si hago un cuadro comparativo, yo enfrento una pena muy superior. Mi pregunta es: ¿qué quiere demostrar la Justicia con estas resoluciones ejemplificadoras?

—¿Esa es una pregunta abierta a la sociedad? Porque apelar ya no puede.—

La pena que recibí está firme, ya es una cosa juzgada. Hoy que ha transcurrido el tiempo y al estar purgando la pena, vale mi pregunta. Y sí, es una pregunta abierta a todos: me parece que roza lo ilógico, no encuentro una respuesta clara. Creo que la Justicia es de alguna manera revanchista con estos fallos, entre comillas, ejemplificadores.

—¿Piensa que su condena contiene un mensaje?—

Sí, no sé a qué se apunta realmente en un caso como el mío. Son delitos de robo y asumo la responsabilidad de los hechos cometidos. Pero, ¿guarda relación lo mío con crímenes de lesa humanidad? Ese es el primer absurdo.

—¿Cuál es el otro?—

La segunda pregunta tiene que ver con la sociedad, o el sistema, o el Estado. Es si realmente se cree que con estas penas monstruosas se rehabilita. Con la modificación de Código Penal a partir de la “ley Blumberg” podemos tener un techo de hasta 50 años de prisión. Digo, ¿con esto qué? ¿Paramos la inseguridad? ¿Paramos algo? Yo creo que no. ¿La gente cree que el sistema penitenciario, con sus organismos y sus entes, realmente resocializa?

—Desde la experiencia de quien recorrió varias cárceles, salió y reincidió, ¿cómo respondería usted a esa pregunta?—

Mi experiencia es que ninguna de las instituciones tiende realmente a resocializar a nadie. Por ejemplo: Piñero. Un cementerio con luces. Un lugar donde simplemente y únicamente estás privado de tu libertad. Nada más. No tenés posibilidad de estudio, de trabajo, de un curso, de deporte. O sea, ningún elemento que podría tender a resocializar funciona. El sistema es perverso.

—¿En esta cárcel realiza alguna actividad especial?—

Trabajo, como salió en el diario, de lo que yo me recibí: de instructor de musculación en un gimnasio. ¿Pero cuánto de realidad hay en trabajar en un gimnasio al que de repente concurre uno solo? En la práctica no asiste nadie, por motivos que tienen que ver con el aparato fantasma de la unidad. Lo mismo pasa con la escuela, los talleres. Es todo hermoso en los papeles, pero no existen en la realidad. Acá en Piñero existe únicamente la escuela primaria, cuando el secundario también es obligatorio. Una gran pregunta abierta es cómo, en el siglo XXI, montones de muchachos que cumplen pena en una institución del Estado salen sin saber leer ni escribir.

—En su caso, estudió estando detenido y las recaídas se dieron en salidas especiales. ¿Cómo valora eso?
—Tuve la oportunidad de hacer un estudio de personal trainer y de preparador físico. Estuve cerca de dos años estudiando y trabajando a la vez. Eran otros tiempos, en los cuales había una sensibilidad muy buena para el desarrollo. Se habló mucho de mi régimen de libertad pero no era nada ilegal, eran beneficios que me correspondían. De todas maneras, destaco que tuve los medios que quizás no todos tienen de adaptarme a un estilo de vida libre. Y me hago cargo de mi responsabilidad al reincidir. No me desligo de eso. Aquí Ciudad Interna agrega y destaca que el trabajo, el estudio, la atención medica no son beneficios que otorgan las unidades sino derechos que subsisten pese a la condena. Decimos esto por la pregunta que ha hecho la periodista “¿Cómo valora eso?” como queriendo decir que la cárcel algo bueno nos da y no es asi, nada bueno puede dar estas intistucines, y el estudio, trabajo y la salud no son una concesión sino un derecho de todos, los presos y los que no están presos.

 — ¿Qué lo llevó a reincidir?—La realidad indica que la tan mentada resocialización no es más que una mascarada y una farsa. Porque no hay acompañamiento del Estado, eso queda librado al apoyo familiar si tenés la suerte de tenerlo. Por más que figuren secretarías y patronatos, son meros cumplimientos administrativos que no te sirven de nada. El día que pasás la puerta de una unidad penitenciaria, que alguien te palmee la espalda y te diga: "Vos sabés lo que tenés que hacer para no volver", no alcanza para que no incurras en un nuevo delito. Ese consejo no recupera los vínculos perdidos. No te equipara a diez años de avances, al vértigo de la calle, a las nuevas tecnologías. En mi caso, el fiscal agravó mi pena porque supuestamente yo estaba contenido por el Estado. ¿Cuánto creen que nos acompaña afuera el Estado? Hay profesionales que vienen con verdaderos principios, pero en uno o dos años pasás a ser un número más. Nadie ve a la persona que hay atrás de un expediente. Que siente, que sufre las mismas cosas que cualquier persona de afuera. El sistema deshumaniza.
   
 —En su caso, ¿tuvo contención familiar?—

Soy hijo único, no tengo hermanos y no tengo mamá. Y no tengo un buen entorno familiar (se le quiebra la voz, llora y se queda en silencio). Ante la carencia del Estado es importante una familia que te apoye. Uno acá adentro pierde afectos, la cotidianidad, la posibilidad de un trabajo. Salís y te encontrás en medio del pavimento mirando para todos lados sin saber para dónde agarrar. Saber lo que tenés que hacer para no volver no te alcanza.

—¿Y por qué roba? ¿Cómo empezó?—

Puedo decir que no fue consecuencia de una adicción. Jamás fui adicto a drogas, llevo una vida sana. Soy responsable con el estudio. Hay personas que están acá por adicciones y otras que no. No es algo tan mecánico. Es más diversa la realidad. En el delito, sé que sonará extraño o quizás incomprensible, pero siempre conservé principios y valores. Hacer un trabajo limpio fue mi línea hasta el día de hoy. No es algo para enmarcarme ni para elogiar. A la edad que tengo he dado muchas vueltas. He pasado la curva de la mitad de mi vida y me doy cuenta de que, detrás de las personas que quieren quemar en la hoguera, no hay verdaderos monstruos. Algunos (Ciudad Interna diría todos) somos consecuencias mismas del sistema, de la desidia, del olvido....(Y Ciudad Interna agrega: de la desigualdad, de un sistema inequitativo tanto en condiciones materiales como culturales y simbólicas. El individualismo y la cultura del consumismo en una sociedad estructuralmente desigual. El modelo que vende el mercado solo lo pueden “comprar” unos pocos, y después encierran a los que quieren tener lo mismo por otros canales. La ausencia del Estado.  Lo que hay que cambiar son las conciencias, la cultura) Pero a veces con la sentencia ejemplar se quieren esconder bajo la alfombra las mismas falencias del sistema.

Nota extraída del diario "La Capital"
Por María Laura Cicerchia / La Capital
http://www.lacapital.com.ar/policiales/La-carcel-es-un-sistema-perverso-y-la-resocializacion-solo-es-una-farsa-20110306-0028.html

De: Ciudad interna



jueves, 7 de noviembre de 2013

¿Conocés el barrio Santa Catalina?









Como ves, es un barrio como muchos otros de este y de otros países, de este y otros continentes. 

Aquí no hay rascacielos ni shoppings ni fragancias Bulgary atontando los sentidos. Pero hay personas intentando construir realidades parecidas a las de sus sueños, hay niños que sonríen a pesar de todas sus carencias materiales, hay perfume a genuina Vida. 

"¡Claro!... ¡Qué macana! Es un barrio del Oeste", dicen los del Este...






miércoles, 6 de noviembre de 2013

“Todos temblarán cuando pase el viento de la noche arrastrando tu soplo, tu último suspiro”- Cecilia Bustamante


Sergio Lemos, el joven asesinado
en Santa Catalina por un policía
quien, en connivencia con otros,
disfrazó la escena del crimen implantando un arma.





En la primera noche, ellos se aproximan
Y recogen una flor de nuestro jardín
Y no decimos nada.
La segunda noche, ya no se esconden,
Pisan las flores, matan nuestro perro
Y no decimos nada.
Hasta que un día, el más frágil de ellos
Entra solito en nuestra casa, nos roba la luna, y
Conociendo nuestros miedos,
Nos arranca la voz de nuestras gargantas
Y porque no decimos nada
Ya no podemos decir nada.

Vladimir Maiakovski





La sabiduría popular de los vecinos
ha sabido sintetizar en estos reclamos
una realidad
que se ha venido perfilando
ostentosamente durante décadas
ante la indiferencia de las Autoridades
de todos los signos políticos.
Hace mucho tiempo que, en diversos ámbitos, 
venimos advirtiendo los docentes
acerca del tratamiento inapropiado
que la sociedad depara a cierta franja de la juventud.
Pero no hemos sido escuchados o peor aún:
hemos sido ninguneados hasta por el Gobierno.
Los docentes de Contextos de Encierro,
en especial,
hemos aportado en incontables ocasiones
nuestra visión
sobre prácticas y concepciones abusivas
observadas en algunos integrantes
de las Fuerzas Policiales,
curiosamente coincidentes con los hechos
que ahora están explotando "extramuros". 



Entrevistado esta noche por Código País (Teledoce), el Sr. Ministro afirmó que se deberían reestablecer los lazos con la comunidad de Santa Catalina a través de la Policía Comunitaria. Revisó, asimismo, las mejoras introducidas en la Policía por este Gobierno, por ejemplo, a nivel de armamento.
El asunto es, Sr. Ministro, que en tanto no se proceda a generar en esa Fuerza una nueva y proba mentalidad acerca de que "o todos somos ciudadanos o todos somos pichis", ningún vehículo, ninguna metralleta, ningún adiestramiento, serán suficientes para esa reestructura tan anhelada.
Resulta extraño que ni su experiencia ni la de ningún asesor hayan reparado en una clave tan obvia.

Sergio:
Que tu siniestra muerte detenga esta brutal carrera y nos comprometa a todos de una vez; estamos al borde de un abismo y no pueden seguir rodando hacia el vacío las flores recién asomadas a la Vida.

martes, 5 de noviembre de 2013

Carta abierta de la Profa. Patricia Borda




COMPAÑER@S, AMIG@S, HERMAN@S...Primero que nada agradecer tanta solidaridad, nunca me sentí sola. Lo vivido ayer fue más horrendo que las pesadillas que venía teniendo sobre el tema...Golpearon la puerta, preguntaron si era Patricia Borda, me mostraron un carné que decía policía...sin nombres...y me dijeron que me llevaban detenida..SIN ÓRDEN ESCRITA DE LA JUEZ, SIN PODER LEVANTAR A MIS HIJOS, MENORES DE EDAD, DE LOS LUGARES DONDE SE ENCONTRABAN HACIENDO SUS ACTIVIDADES, SIN PODER DESPEDIRLOS, OBVIAMENTE, SIN DEJARLES DINERO PUES NO HABÍA COBRADO, SIN SABER A DONDE ME LLEVABAN. APENAS ME DIO TIEMPO A VESTIRME Y AVISARLE A MI ABOGADO...QUE NADA SABÍA Y A COMPAÑERO DEL SINDICATO.

Lo viví como un secuestro, porque me decían "apague el teléfono, está detenida"...y yo les preguntaba...Ustedes quiénes son? nunca lo supe... dónde está la orden de detención? no la tenían....muchos sentires podría contar... estuve incomunicada desde las 11 30 hasta las 15. Por esa hora, nos lleva el DOE al juzgado de misiones...allí nos encierran en la sección detenidos...Nunca la juez me leyó mi sentencia...la supe de palabras de otros...de ahí...nos trasladan al juzgado frente al teatro...nos sacan en la combi...a toda velocidad y con un patrullero delante con la sirena prendida...no se que querían demostrar...hacer creer que somos peligrosos? asustar a la gente con que si luchas te puede pasar eso? o es simplemente, mas idiotez progresista?...a los siete nos colgaron con una cadena al cuello el famoso cartelito que te enumera como delincuente, con el que te sacan la foto de frente y perfil...solo visto en películas...Tantos sentires que no los puedo contar todos hoy...
Sobretodo...que en la gente que monta esta cortina de humo para distraer y asustar...Solo los guía el absurdo, la insensatez, y sobretodo la violación al derecho de libertad de expresión y pensamiento...Ayer, mi dignidad fue violada, recibí un golpe fuerte...y también lo recibió toda la sociedad, porque la  impunidad, el atropello y la violación de derechos básicos se siguen violando como en los peores tiempos...pero mis principios siguen intactos...solo se fortalecieron, así como se fortalece la fuerza para seguir luchando.
Abrazo de lucha para todos y todas.


De: El Muerto III videoblog de información alternativa

lunes, 4 de noviembre de 2013

Llamando a las cosas por su nombre












La Libertad de Expresión es un derecho consagrado en el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y multiplicado por diversas Convenciones y Compromisos de naciones que se autodefinen como democráticas.

Pero parecería que, en los hechos, estos reconocimientos estuvieran padeciendo la erosión propia del paso del tiempo, paralela al crecimiento incontrolable de la natural hipocresía humana. 

Síntomas inconfundibles de ello esa brisa maloliente que empezó a recorrer el mundo cuando Julián Assange difundió, a través de Wikileaks, delitos cometidos por Estados Unidos en las guerras de Afganistán y de Irak; brisa que se transformó en hedionda turbonada con el archiconocido caso de Edward Snowden, quien este domingo pasado, en su “Manifiesto” publicado en el semanario alemán Der Spiegel, debió argumentar la obviedad de que “No comete un delito quien dice la verdad”.


                                                                     




Pero aún así en el mundo se continúa perpetrando el olvido de que la libertad de expresión es un derecho. Y la fetidez llegó incluso a este pequeño país, éste al que los europeos valoran como encantador, grato, bellísimo, etc., etc., etc.

En la tarde de hoy, y a raíz de acontecimientos locales que todos conocemos, vinculados a la protesta pública del 15 de febrero por la arbitraria decisión de adjudicar a la Jueza Mariana Mota otro destino, inimaginable por cierto, fueron detenidos por fuerzas policiales algunas de las personas que habían participado, entre ellas la Profa. de Química Patricia Borda. (Para una información más pormenorizada, recomendamos la lectura de   El Muerto ||| videoblog de información alternativa). Los siete uruguayos fueron procesados, finalmente, por "asonada".



Estos tres exponentes de la progresiva criminalización por ejercer la libertad de expresión pueden reducirse a una sola primaria conclusión: el escarmiento público, por su carácter ejemplarizante,  es una arcaica medida del Poder para ahondar el miedo -ese panóptico sutilmente introyectado-; es el telón detrás del cual la malignidad continúa operando insaciablemente.

A lo hecho, pecho, Señores Miembros de la Suprema Corte de Justicia; hay que llamar a las cosas por su nombre. Todo este escenario montado en la tarde es un intento de ESCARMIENTO PÚBLICO. Un intento, nada más. Un intento que clarificará aún más la imagen real que muchos/as hemos integrado a nuestras conciencias porque... lo que ustedes creen compacto telón es, apenas, un fisurado velo, Señores.







Muy sugerente lo ocurrido en la tarde de hoy
si lo asociamos al mundo de los jóvenes.
¿Qué valores extraerán ellos
a partir de las acciones de los adultos
que sancionan un acto de libertad de expresión?
No es ése el más sano de los ejemplos
para jóvenes que se están formando y
recogen a nivel subliminal
los "valores" sostenidos socialmente.
¿Somos capaces después de preguntarnos
por qué los jóvenes actúan como actúan?
¿Somos capaces de cuestionarlos,
de criticarlos, de etiquetarlos? 

Y, por supuesto, no puedo dejar de pensar
acerca del grado de libertad de pensamiento
de las autoridades judiciales
que determinan la pérdida
de la libertad ambulatoria, entre otras,
de tantos seres en el mundo y en mi país.