domingo, 14 de julio de 2013

Robert Castel

LA PRECARIEDAD SE HA VUELTO UN ESTADO PERMANENTE

Robert Castel[1] (Entrevista)

E.: En sus trabajos, usted adelantaba la idea de que las “crisis” que nosotros atravesamos desde hace más de treinta años ya no son depresiones más o menos pasajeras. Según usted, estaríamos más bien en una nueva fase o era del capitalismo…

R.C.: En efecto, creo que desde el inicio de los años 1970, salimos del capitalismo industrial que se había implantado en la Europa occidental durante un siglo y medio. Hacia fines de este período, logramos encontrar un equilibrio relativo, bien digo, relativo, entre los intereses del mercado, la productividad, la concurrencia y un cierto número de protecciones y de seguridades respecto al trabajo. En mi opinión, la crisis, que inicialmente pensamos como algo provisorio, esperando la reactivación, comienza a aparecer más como un cambio de régimen del capitalismo. Aún no estamos en condiciones de poder definir bien ese cambio pero con la exacerbada concurrencia que se ha desplegado a nivel mundial, tenemos que vérnosla con un capitalismo más salvaje, menos regulado. Desde el otoño de 2008, el último episodio de la crisis, con sus catástrofes financieras, ilustra bien esta evolución.

E.: ¿Cuáles son los efectos de esta transformación del sistema capitalista?

R.C.:  El núcleo de la transformación se sitúa primero a nivel de la organización del trabajo y se traduce por una degradación del status profesional. La precariedad se desarrolla al interior del empleo y viene a incorporar el desempleo de masa.  Ya no es posible pensar la precariedad como lo habíamos hecho durante años, es decir como un mal momento que hay que pasar antes de encontrar un empleo duradero. Ya existe un creciente número de individuos que se instalan en la precariedad. Ella deviene, incluso si parece paradojal, un estado permanente. Lo que aquí llamo el “precariado” corresponde a una nueva condición salarial, o más bien infra-salarial, que se desarrolla más acá del empleo clásico y  de sus garantías.

E.: Esto implica que las categorías sociales desfavorecidas ya no son las únicas en ser tocadas por esta expansión del “precariado”…

R.C.:  Sí, los obreros menos calificados, los jóvenes que intentan que por primera vez entran en el mercado del trabajo son, en términos cualitativos, las categorías más afectadas por la expansión de la precariedad.  Sin embargo, pienso que no hay que olvidar por eso que la precarización es una suerte de línea de fractura que atraviesa el conjunto de nuestra sociedad. Existe una precariedad de “gama alta”, que alcanza una parte de las clases medias y de los altos diplomados. Para aprehender la amplitud  de la transformación hay que incluir también ese fenómeno.

E.: Las consecuencias de estas evoluciones serían pues más profundas y duraderas de lo que uno se imagina, ellas tocarían a la sociedad en su conjunto así como a cada individuo…

R.C.: Las principales protecciones del individuo estaban vinculadas con el status del empleo, sobre todo en Francia. Es evidente que la degradación de ese status profundiza las desigualdades. Tendería a insistir, los trabajadores e incluso más allá, disponían de recursos y protecciones mínimas para seguir formando parte de la sociedad. Las condiciones sociales, sin embargo, no eran iguales: subsistían grandes disparidades y grandes injusticias. No obstante, cada uno tenía una suerte de zócalo para estar en un sistema de intercambios recíprocos y de interdependencia.  Creo que hoy un creciente número de individuos cae fuera de ese sistema de protección, o no llega a inscribirse en él. En consecuencia estos individuos son dejados en los bordes, aislados.

E.: El individualismo conoce desde entonces un nuevo desarrollo, que usted ubica en el centro de esas transformaciones…

R.C.: Me parece que la dinámica profunda del nuevo régimen del capitalismo es en efecto una dinámica de des-colectivización. En la organización del trabajo, por ejemplo, los grandes colectivos, a los cuales se asociaban poderosos sindicatos, se han roto. No se rebelaron definitivamente sino que se quebraron. Soñemos, por ejemplo, con la actual situación de Francia Telecom. La consecuencia es que el individuo debe movilizarse más, ser responsable, tomarse a cargo. Por otra parte hay que reconocer que algunos logran adaptarse a este nuevo dato. El discurso liberal se apoya allí: maximizan sus oportunidades, dan prueba de espíritu emprendedor…Pero, al mismo tiempo, los otros, y hay que temer de que no sean los más numerosos, son separados de sus pertenencias colectivas y librados a sí mismos, sin los recursos de base necesarios.

E.: ¿El Estado puede detener esta evolución?

R.C.: Contrariamente a cierta ideología de inspiración liberal que desgraciadamente está de moda, no creo que sea posible oponer el Estado y el individuo. Cuanto más una sociedad es una sociedad de individuos, tanto más necesita del Estado como principio de unificación y de protección. A falta de ello los individuos librados a sí mismos, y en concurrencia de todos contra todos, viven en una suerte de jungla. “El hombre es un lobo para el hombre…”  Tan solo la potencia pública, garante de cierto interés general, puede operar un mínimo de redistribución y de protección. Esas protecciones son necesarias para constituir una sociedad.

E.: ¿En qué dirección hay que reformar?

R.C.: Al revés de las políticas actuales, el desafío a resaltar es el de conciliar la inestabilidad del empleo con la instalación de nuevos derechos: quiéraselo o no, el empleo estable o “el empleo de por vida” ya no es la norma. Hay y habrá cada vez más que cambiar de empleo, ser capaz de “reciclarse”. Para que ello no se traduzca, como es el caso hoy en día, en una declaración de “desempleo”, será necesario enganchar protecciones a la persona del trabajador, de manera que cuando él se encuentre en situaciones de cambio o alternancia, conserve protecciones y derechos lo suficientemente fuertes.

Entrevista realizada por Thomas Cortes- www.psicologiagrupal.cl/

Traducción del francés: M. Chiarappa



[1] Director de estudios en la Escuela de Altos estudios en Ciencias Sociales, Robert Castel, quien ha consagrado casi treinta años de investigaciones en la cuestión social, estima, ante la generalización de la precariedad del trabajo, que hay que destacar el desafío de nuevos derechos ligados a la persona de los trabajadores.


Texto de Robert Castel      “Los desafilados” “Precariedad del trabajo y vulnerabilidad relacional.”


Aparecen nuevas realidades en el escenario actual. ¿Qué es lo nuevo de la coyuntura actual? ¿Será necesario recomponer el escenario de la cuestión social?

Se puede intentar dos respuestas.

La primera consiste en: categorizar, es decir caracterizar las nuevas clientelas en relación a la anterior, entre los desheredados señalamos:
ü       La presencia de representante de clase media que han caído en la pobreza.
ü       Crecimiento de formas de desamparo:
ü       Jóvenes desocupados más que ancianos sin recursos.
ü       Madres solas más que representante de familias numerosas.
ü       Crecimiento de la desocupación y de dificultad para encontrar.
ü       Disolución familiar, etc.

Si bien estas caracterizaciones son necesarias, pero no bastan para comprender la realidad social.
Él plantea un segundo modo de abordar el tema.

Desde lo transversal en  relación a esos grupos específicos y cualitativos más que cuantitativos.
Todos ellos los desheredado, carenciados expresan una forma particular de disociación del vinculo social
“Ruptura” “desafiliación”.
No se trata de desestimar la dimensión económica porque siempre la falta de recursos que hace caer al individuo en la dependencia y lo transforma en cliente de un servicio social.
Además de la pobreza hay otro drama.
“El desamparo” la ausencia de soportes sociales: la pertenencia, falta de alojamiento, falta de asistencia, de instrucción, etc.
Carencia como un efecto situado en la conjunción de dos ejes:

ü       Integración-no integración con respecto al trabajo. Por medio del trabajo el individuo logra reproducir su existencia en el plano económico.
ü       Inserción- no-inserción en una sociabilidad -socio familiar. Es en el sistema relacional donde el individuo reproduce su existencia en el plano afectivo y social.

Desde esta perspectiva podemos constatar:

ü       La precariedad económica- que implica la no-integración o expulsión laboral.
ü       La vulnerabilidad relacional-no inserción en una red de relaciones.

La precariedad económica deviene desamparo, fragilidad relacional, aislamiento, estos son fases de una misma condición.
La pobreza aparece así como la resultante de una serie de rupturas de pertenencias y de fracasos en la constitución del vinculo.
El desafío esta en rellenar ese vació social y no solamente distribuyendo socorros.
La intervención es siempre una modalidad de tratamiento del vinculo social a partir de constatar la ruptura.

Para ver las estrategias utilizadas en los Antiguos regímenes para conjurar la descomposición del lazo social vamos a hacer un rodeo histórico.
Las intervenciones sociales siempre tuvieron la doble finalidad.:

ü       Integración a través del trabajo.
ü       Inserción en un tejido social.

Tenían dos tipos de poblaciones indigentes:

ü       Aptos para el trabajo
ü       No aptos para el trabajo.

Esta división determinan practicas sociales:

ü       Para lo primero estaba prohibida la solicitud de asistencia, eran vistos como peligrosos y amenazantes. Se  Se les ordena trabajar en trabajos forzados  o es empujado  a la búsqueda de trabajo en otros lugares, dejando su lugar de pertenencia. Estaba prohibido el trabajo libre bajo leyes penales. Hacen del indigente un delincuente.
ü       Para lo segundo había una asistencia organizada desde el Estado y sus instituciones.

La cuestión del indigente apto no encontró solución porque es intrínsecamente insoluble, quedaron apresados en una dobles combinación el poder trabajar y la imposibilidad de hacerlo.
Semejante contradicción suscita recursos extremos: diferentes formas de trabajos forzados, criminalización del indigente ocioso al cual responsabiliza de su situación.
El indigente apto se convierte en el vagabundo estigmatizado como un ocioso peligroso sobre el cuál caen las medidas más crueles.
Este representa la forma límite de la ruptura en relación a toda pertenencia social. Es la imagen del extranjero excluido de todos lados y condenado a errar en una sociedad en que la calidad de la persona deriva de la pertenencia a una red de relaciones.
La no-pertenencia  a la vida social implica no ser nadie (sociedad feudal) pertenecer al soberano implica ser sujeto poseer un rango tener un rol un lugar una identidad.
La situación del vagabundo representa el limite extremo de un proceso de precarización.
Cuando la precariedad se transforma en exclusión representa el punto de ruptura en la economía de las relaciones de trabajo.
El vagabundo pierde siempre en dos terrenos:

ü       Rompen con la red de pertenencias sociales- Desafiliación
ü       Ruptura con respecto a la producción.

Para concluir con la prehistoria de la cuestión social constatamos que las políticas del: A. Régimen siempre tiene que ver con la miseria dependiente pero en dos modalidades.

ü       Dependencia integrada cuya asistencia remite a una problemática de socorros.
ü       La dependencia desafilada cuya resolución resultaría de una problemática del trabajo.














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