domingo, 19 de mayo de 2013

¿Y después? (2)




Veterano de guerra

Mariano viajó varias veces de Gris Azul a La Plata. Iba a La Salada con Sonia a comprar DVDs. Se quedaba en casa. En dos oportunidades lo entrevisté, de allí salen las citas más extensas. En otros casos fue producto de registrar las charlas en un cuaderno. En la mesa, cenando no buscábamos charlar de la cárcel, pero a Mariano le costaba mucho no relacionar la mayoría de los temas desde ejemplos de cuando estaba preso. Por ejemplo hablábamos de los viajes y se puso a explicar que le costaba mucho permanecer en los lugares en forma fija. Tanto fueran trabajos o relaciones. Dijo que estaba acostumbrado a “circular”, a que lo trasladaran siempre de una cárcel a otra. Que estando preso llegaba a un lugar, se hacía de un “rancho”, pero que sabía que en corto o mediano plazo lo volvían a trasladar, “así circulando por toda la provincia”.
“Ese ida y vuelta que hace el servicio penitenciario de camión en camión y de buzón en buzón lo hace para dejarte la mente en blanco. Te rompe la cabeza. Empezás a ser vos lo que ellos quieren que vos seas. Te convierten en un perro de caza. Porque vos no soportás, estás acostumbrado a estar solo. Y a estar tensionado, porque estás tensionado las 24 horas. Porque no comés bien, porque no tenés una relación familiar buena, porque ves a tu mamá una vez por mes y la vez 5 minutos porque es lo que te corresponde porque estás castigado”.


La socialización impuesta de la cárcel lo acostumbró a un alerta continuo, a estar en tensión, porque ello le podía salvar la vida. Explicaba que en su casa de Gris Azul sentía todos los ruidos, que sabía cuándo su vecino entraba a la noche, que alcanza a escuchar el ruido de las llaves en las manos de él. Narraba que se despertaba sobresaltado a la noche y se decía “estoy en casa” y respiraba tranquilo nuevamente. Que se acordaba cómo a la noche escuchaban al guardia caminar y sabían por la forma de moverse si iba a golpear a alguien. El miedo se generaba porque los guardias de la noche iban rozando lenta y metódicamente las llaves por el aro de alambre, y que ese “mísero ruidito” era escuchado por sus aguzados oídos. Sabía que ello podía significar que “eligiera la llave de tu puerta y que te entrara a dar palos”.
El proceso de politización y de construcción como estudiante universitario en Mariano significó la posibilidad de exteriorizar a su enemigo y de adoptar algunas lógicas de proyección personal de la academia. De sacarse la culpa que enviste al estigma y construir un objetivo propio y darle objetivos a su enemigo. Él habla a veces de “ellos”, o “el servicio”, o “el estado” cuando quiere dar cuenta de las faltas en las políticas públicas. El objetivo de su enemigo será la despersonalización y la construcción de una “bestia” a partir de los flagelos de los que sabe tanto. En la subjetividad construida en cada pelea generada por el contexto, en los traslados, en el legajo que le dará una nueva identidad ajustada a la mirada del catálogo siglo XIX que mantienen los penitenciarios, Mariano entenderá que “El servicio te observa y arma un legajo donde te pone cómo sos, si sos peligroso. Vas a la Junta y ves tu foto con una letra [A]12. Leés tu legajo y decís “soy un monstruo”. Ese personaje que armaron para vos te lo empezás a creer”.
La “bestia” le quedó latiendo a Mariano en su cotidiano. Durante los primeros años buscó explicitar sus debates internos a fin de exorcizar lo que él entendía como un “otro yo”.
“El hecho de cometer un delito te causa tristeza, te causa angustia… porque te das cuenta que ya esa parte la habías superado. Porque vos tenés todo un conocimiento que adquiriste, todo un saber, y que no lo podés utilizar [en referencia a sus saberes en derecho penal]. Porque no tengo oportunidad, cómo puede ser que yo no pueda terminar mi carrera si yo…? Todo el mundo termina su carrera. La mayoría de las personas tiene su forma de subsistir, ¿cómo puede ser que yo tenga que pensar cada dos o tres meses que la única manera de tener un dinero en el bolsillo ahorrado o dinero para poder comer sea que lo vaya a robar?”.

Su planteo se remite al pasado, cuando visualizó en el estudio una posibilidad de recrearse.
“Me tuvieron 13 años, los primeros 7 u 8 me re cagaron a palos años encerrado en buzones, tirado como un perro. Alcancé a sacar una pata al sol y dije ‘este soy yo y me vas a aguantar porque… no paro’. En el único lugar donde podía estar era en el colegio. Porque me dijeron: ‘¿pero qué querés vos? ¿Talleres? Vos no querés aprender herrería, vos te querés hacer una faca. ¿Vos querés aprender zapatería? No, vos te querés robar el poxirrán’. No me dieron nunca las herramientas (se ríe). Agaché la cabeza y me puse a estudiar”.

Mariano intentó seguir sus estudios en Gris Azul pero la ciudad significaba para él una muchedumbre que lo miraba como un delincuente o un preso. De carácter conservador, Gris Azul le demostraba en cada institución que lo recordaría así. En una oportunidad, por consejo de su asistente social del Patronato de Liberados, recurrió a un psicólogo: “era el mismo hijo de puta que se metía en las celdas de los pibes cagados a palos y firmaba las actas como que se habían golpeado solos. Mirá que le voy a decir algo a ese!”.

Cuando habla Mariano apunta las ideas con todas las marcas del cuerpo. Su balance a dos años de la libertad y viviendo en la misma ciudad que lo había condenado era nefasto.
“Me comí 13 años en cana. Indirectamente cuando me largaste, no me diste ninguna oportunidad más. O sea, cuál es el mensaje que me estás dejando? `¿Vos querés ser alguien? Andá, metete en cana ¿vos querés terminar tu carrera? Andá en cana, porque es la única manera de que puedas terminar tu carrera´. Porque yo salgo a la calle y estoy en pelotas y a los gritos como Tarzán”.


Desde que decidió radicarse en La Plata tuvo varios inconvenientes burocráticos para restablecer sus estudios. Pese a que los funcionarios de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales le explicitaron el apoyo al contactarlos, Mariano no logró acceder a su certificado de alumno regular para inscribirse en alguna materia. En tres oportunidades se encontró con una mujer a la que lo habían delegado para resolver el trámite y ella le respondía que “eso lo resuelve fulano que está con los del artículo 18”. 
A diferencia de otras facultades, ésta desde que aceptó inscribir estudiantes privados de la libertad en 1990, no los ingresó al sistema general de estudiantes sino que los caratuló como “Artículo 18” y les dieron un expedientes aparte. Mariano ante esto le dijo “pero me estás diciendo que soy un preso y yo no estoy más preso”. La respuesta fue clara: “pero estuviste preso y sos artículo 18, hablá con fulano”.Mariano contuvo su bronca y le pidió hablar con alguien de mayor jerarquía. Era explícito en su relato que era la institución la que le perpetuaba la carátula. A pesar de la angustia que le generaba, Mariano luchaba (trabajaba) por desasirse del traje a rayas dibujado en las anteojeras de la secretaria. La perspectiva política le permitía situar la escena en una institución atravesada por el sentido común penal ¿cómo hubiesen vivido esa experiencia otros liberados?




No hay comentarios.:

Publicar un comentario