domingo, 4 de agosto de 2013

“Hay que hacer un clic, cambiar, no sólo a la gente sino también parte de la institucionalidad” - Egidio Crotti



Unicef Uruguay cuestionó algunos puntos del proyecto de Código de Responsabilidad Infraccional Juvenil, lamentando que se aumenten las penas. Egidio Crotti, representante de Unicef Uruguay, dijo a Montevideo Portal que “las instituciones no están preparadas” para afrontar el incremento de internos que produciría.


La advertencia de UNICEF acerca del riesgo en que incurre Uruguay al haber adoptado esta estrategia es no sólo oportuna, por el papel que internacionalmente le incumbe, sino absoluta y milimétricamente ajustada a la realidad en la que estamos inmersos en el país, aunque dicho Organismo no cuente con datos estadísticos suficientes (porque, lamentablemente, no existen o parecería que no ha interesado ni interesa relevarlos, ni antes del 2005 ni desde esa fecha hasta el presente).

Por ello, y considerando que la situación lo amerita con urgencia, considero que mi testimonio puede configurar un elemento a considerar, no por la relevancia de mi persona -una sencilla profesora de Liceo Rural y de Contextos de Encierro- sino porque un microcosmos como el de mi campo de acción contiene las características de los otros mundos -el de otros colegas que ejercen en iguales o diferentes condiciones, y el de los otros planos de la realidad del país: el político, el socio-económico, el cultural y todos los que mi quizás limitada contemplación pueda obviar. Así que estoy segura de que, seleccionando al azar otros testimonios de docentes, recolectarían las mismas apreciaciones. Demás está subrayar que, siendo tan sagrados los elementos en juego, mi conciencia no me permitiría ni exagerar ni minimizar un ápice sobre los hechos.

Los lectores de este Blog están acostumbrados a que la temática esté vinculada siempre al espectro cuya columna vertebral es la situación de encierro a nivel de adultos. Bien. Esta vez voy a referirme, sin embargo, a un escalón anterior, porque bien puede ser el último peldaño antes de cruzar hacia ese espacio de la cárcel que tanto alivio genera en la población. (En realidad, estoy segura de que lo es, porque en diferentes Establecimientos Penitenciarios me he encontrado con exalumnos de Liceos Públicos a los que ellos habían asistido pocos años antes). Es decir, voy a referirme a la última oportunidad que tiene el Estado de evitar un salto cualitativo rotundo en la vida de una persona. (La última, sí, porque ni la familia, ni la escuela, ni otros lazos, por múltiples razones, pudieron aferrarlo a un soporte menos vulnerable).

No importa en qué liceo trabajo; baste con saberse que está en el medio rural, que atiende a una población de contexto socio-cultural crítico, que son jóvenes cursando primero y segundo año a una edad bastante superior a la que curricularmente correspondería.

En general, son jóvenes que provienen de hogares con importantes dificultades económicas (a veces no comen lo suficiente, no se abrigan lo suficiente, en fin, no es preciso ahondar más en estas carencias para ilustrar al respecto). Provienen de hogares biparentales pero mal avenidos, o de hogares donde se han concentrado abuelos, tíos, primos, distintas parejas de las madres incluso u hogares uniparentales con madres agobiadas por distintos problemas, o sea, el caldo de cultivo perfecto para perfiles sicológicos muy especiales. Estos jóvenes, además, tienen otros saberes (ya han probado alcohol, droga, maltrato, violaciones, embarazos, abandonos, discriminación...) y su trayectoria académica ha sido muy dificultosa; ingresar al liceo implica, a veces, sólo la posibilidad de socializarlos o contenerlos emocionalmente por un rato. Lo cognitivo puede cocinarse a fuego muy, pero muy lento, e incierto; en sus ámbitos hogareños, el conocimiento ha sido o un artículo de lujo o un bien insospechado.

Frente a esta situación, el Estado no se ha dignado preocuparse seriamente, que es la única manera de ocuparse con efectividad. Antes y después del 2005 a ningún Ministro de Educación se le ha ocurrido que se vienen empollando bombas de la magnitud de Hiroshima. Seguramente deben de haber supuesto, con la calma propia de la negligencia, que era suficiente con delegar en las Escuelas y Liceos la mera contención pasajera y recortada que estamos aptos para ofrecer (porque ni siquiera a veces tenemos la capacidad locativa decorosa para que pasen ese rato en condiciones decorosas, y esto ya se ha visto por televisión en forma reiterada). Y, como a las pruebas me remito, en un Liceo de 1500 alumnos que presentan las características ya enunciadas, tampoco se cuenta con un Equipo Multidisciplinario básico (Sicólogo, Asistente Social, Psicopedagogo,...) para atender estas demandas apremiantes del estudiantado. Así que el Profesor termina emparchando, a intuición, a tanteo, lo que las políticas de Estado debieron haber previsto desde hace décadas. (En las Escuelas de la zona ocurre exactamente lo mismo). También nos dedicamos a recolectar ropa, calzado, útiles, dinerillo para urgencias, en fin, esas minucias.

Al tanteo, como se pueda...
Blas de Otero decía: "Me queda la palabra".
Sí, la palabra, y el más extraviado de los sentidos
en la actualidad:
el sentido común.


¿Le habrá resultado tan complejo a esa galería de Ministros ponerse a leer un poquito acerca de la etiología de estos fenómenos? ¿No hay asesores a granel en cada Cartera? ¿O es un demérito estudiar, informarse, a fin de adoptar medidas consonantes con el bienestar esencial de los ciudadanos de hoy y mañana? ¿No se han podido tomar medidas que apunten a crear en los padres la responsabilidad inherente a su rol?¿No hay leyes anteriores al 50 y vigentes aún que prevén sanciones para los primeros educadores de los jóvenes cuando han olvidado los deberes de la patria potestad? ¿A nadie se le ocurrió que estos padres también necesitan “educación”? 

¿Qué otras herramientas puede tener un docente si llama por teléfono día tras día a los padres o tutores del alumno y éstos ni siquiera contestan? Muy normal es que si osadamente nos atrevemos a exigirles que los lleven al médico, muchos “opten” por resolver que es mejor la deserción y definitivamente no los mandan más al Liceo. ¿Qué valor podrán tener en el joven los consejos o las experiencias de clase cuando nos hace un comentario como el siguiente: “Profe, ¿usted se cree que a mis padres les importa algo de lo que me pase? El fin de semana me fui con mi hermano, el sábado, de joda, y volvimos el domingo de noche.¿Usted piensa que nos preguntaron o nos dijeron algo?” Idénticos comentarios escuchamos los docentes de Contextos de Encierro cuando ya confiados en nosotros empiezan a contarnos episodios de sus vidas. ¿Qué valor pueden darle a la vida cuando rapiñan estos jóvenes que han sido tratados como muebles en sus propias familias? O sea que, “del lado de acá y del lado de allá”, el origen es el mismo.

El grado de primitivismo es muy alto en estos padres biológicos pero resulta grotesco el de los Gobiernos, sin distinción de color. A esta altura, no haber generado Políticas de Estado reales que propendan al verdadero desarrollo de sus integrantes más desvalidos es una especie de “incruento” genocidio, de barbarie. ¿Hasta cuándo esta sangría? Porque... este testimonio plantea, a gruesos trazos, lo que ocurre en un Centro Educativo, en uno solo, y hay cientos en el país.

En un momento en que se rebaja el desempeño docente desde todos los púlpitos, resulta clave preguntarse con qué otros actores de la sociedad civil compartimos ese exclusivo deterioro que nos han prefabricado; creo que la lista es larga y hay responsabilidades intransferibles. Pero parece que haber encontrado “dos chivos expiatorios” ideales, como son los jóvenes infractores y los docentes, calma cualquier incómodo escozor provocado por algún episodio internacional o nacional. La prevención es un asunto inabordable cuando se está a merced de la mediocridad; este es el corazón de la verdad.


Así que, Sr. Egidio Crotti, con suma justicia debo reconocer que tiene usted razón:
“Hay que hacer un clic, cambiar, no sólo a la gente sino también parte de la institucionalidad”. 



Profª.  Ana Milán

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